Reportaje Fotográfico

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JAZZ 2015

 

 

 

 

 

 

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EMISORA cuya programación es transmitida de manera exclusiva en la Red Mundial de Internet. Originada en Santo Domingo, República Dominicana, dándole la vuelta al reloj en tiempo real y donde se difunde la buena música dominicana y del mundo, poniendo el acento en la  antillana. Incluye en su contexto entrevistas a intérpretes y autores de los más amplios géneros musicales de la música del mundo. Así como también, comentarios sobre la actualidad cultural nacional y extranjera y transmisiones en vivo de singulares eventos. Dirigida y programada por el músico, escritor y radiodifusor dominicano, César Namnúm. COMPASILLO.com se especializa en música dominicana, del caribe y del mundo, haciendo particular hincapié en aquella cuya difusión no es común en la radio de ondas o de red. COMPASILLO.com, radio sólo en la Red, es la versión ampliada para Internet del programa radial COMPASILLO, con largos años de ser transmitido por distintos medios radiales de Santo Domingo y que en la actualidad también se origina en Santo Domingo, República Dominicana, y se trasmite de Lunes a Viernes en horario de 8 a 10 de la noche (hora del Este) por Quisqueya FM 96.1  Emisora cultural que forma parte de la Corporación Estatal de Radio y Televisión (CERTV), entidad radiofónica y televisiva del Gobierno Dominicano. César Namnúm es también el director, desde sus orígenes, de éste singular concepto radial: Quisqueya FM. Sus ya legendarias trasmisiones “in sito” han logrado crear un público devoto de la puesta en el aire de programas musicales y literarios, en vivo, de alta calidad. Tiene en su haber las trasmisiones históricas, desde el Blue Note (La Capital Mundial del Jazz), SOB’s (famoso bar del SOHO) Battery Park (en extremo sur de  La Isla de Manhattan) y otros locales nocturnos y parques de la ciudad de Nueva York. Puesta en el aire de importantes eventos literario, tanto en el país como fuera: Londres. París, Barcelona.

En el ámbito local, es el único programa que ha radiado en vivo los tres grandes festivales de jazz del país, el de Casa de Teatro (junio. julio), en Santo Domingo y el Dominican Republic Jazz Festival (noviembre), de la Costa Norte, y ahora también el Festival  de Jazz de Punta Cana y Bávaro (sept-octubre), los tres con categoría internacional. COMPASILLO es su programa oficial de radio.  Incluye, además, emisiones desde el Teatro Nacional de Santo Domingo (La Sinfónica Nacional, La Orquesta Filarmónica) y el Gran Teatro del Cibao, en Santiago (Concierto Arturo Sandoval, Gonzalo Rubalcaba, Puerto Plata Jazz Enssemble, Chucho Valdez  e Irakere; El Prodigio en Jazz) Las distintas versiones de la programación musical de La Feria Internacional del Libro de Santo Domingo (Amaury Pérez, Grupo Maniel, Truco y Zaperoco, Homenaje a Billo Frómeta – Big Band de músicos dominicanos y venezolanos) el anfiteatro Altos de Chavón, las dos versiones del festival Europeo Latinoamericano de Santo Domingo: Ivan Linz, Felipa Pais, Patricia Pereyra, Pasión Vega, Victor Manuell, En vivo desde El Centro, actividad del Centro Cultural de España en Santo Domingo, con Cuco Valoy, Fernando Echavarría, Los Grandes del Son, Grupo Maniel,  Guarionéx Aquino. Arturo Sandoval y Néstor Torres y la Santo Domingo Jazz Big Band, en el Hotel Jaragua; Festival del Café Orgánico de Polo, Barahona (2010); 2do  Encuentro Sur-Sur, Escritores, Artistas Gráficos y Músicos del sur de Puerto Rico y República Dominicana, San Juan de la Maguana, 2010; Jamaica Summer Reggae Fest (2010), Centro León de Santiago (Congresos MIC) 2009-2011; SunSet Jazz y Jazz en Dominicana, y un largo etcétera.  

 

 

Haití o la niña de la

 ponchera

Por César Namnúm

A dos años del desastre haitiano, recuerdo el hecho en este artículo, escrito durante mi visita, un mes después. No es, para nada, consolador consignar aquí que no ha cambiado mucho la cosa.

A las ocho escucho toque en la puerta de mi habitación prestada, y la voz que llama al desayuno, así que apuro mis pasos y me preparo para ir al comedor. Ya es el otro día. Debo partir de retorno. Las muchas horas del anterior, todavía me pesan en el cuerpo. En ruta desde la una y media de la madrugada, manejando mi viejo BM, para llegar a Haití un poco después de las nueve. Aprovecho el café y el pan con huevo para recolectar mis impresiones, ponerlas en orden. Duran más de cien años las desgracias y existen cuerpos capaces de aguantarlas, Haití es soberano ejemplo de lo anterior. Odio a los “expertos” de dos días, a aquellos que llegan con sus mochilas y cámaras fotográficas a “ver” una realidad ajena y luego declararse expertos, capaces de dar consejos y marcar directrices. Son peores los otros, aquellos que llegan con sus salarios en dólares y sus mejores “intenciones”, se pasan par de días, a lo sumo una semana, reprimiendo las ganas de vomitar y sacando al sol su “solidaridad”. Son los peores, así lo creo. Son los que luego escriben tratados y libros y ensayos y recomendaciones; son los escuchados a la hora de la verdad;  son los que determinan el “curso de los acontecimientos”. Así que no debo hablar nada más que de lo visto. No soy experto en Haití, sólo he venido unas cuantas veces por muy corto tiempo. Con todo, mis ojos no dan abasto para abarcar la inmensidad de la desgracia, la sin razón de esta calamidad que se cierne sobre un pueblo ya centenariamente sufrido. Un pueblo que, a pesar de ello, se levanta. Tristemente acostumbrado a vivir, no importa qué. Mientras circulaba por las zonas devastadas me preguntaba cómo era meramente posible rodar en un vehículo por calles llenas de escombros y los pequeños espacios vacíos, ocupados por los sobrevivientes; refugios construidos con lo que pudieran conseguir: cajas de cartón, pedazos de tela, fundas plásticas, tablones de madera, hojas de palma cana, zinc oxidado... Y la insondable decisión de seguir viviendo. Me llevo, y es verdad, esa impresión: la de un pueblo grande que se levanta, que se supera al escarnio, que se niega a morir. Una imagen, una sola imagen que logro captar al doblar una esquina imposible, me lo confirma. En refugio construido por ellos mismos, en la calle, posiblemente cerca de lo que quedaba de su casa destruida, una madre baña a su niña en una ponchera. La niña de pie, se ríe y se ríe, sin parar, mientras su madre la moja y la enjabona y la mima. Feliz de estar en “su hogar” que no es más que el amor de su madre. Pero la realidad es tozuda, infatigable, cornuda, despiadada. ¿Era esa su madre, o una tía, o una prima, o una vecina, o alguna desconocida que la rescató deambulando por las calles destruidas? No sé. Todo puede ser un invento de mi imaginación, un deseo de “suavizar” las cosas. Porque lo cierto, lo dolorosamente cierto es que hay más de un millón de seres humanos, miles de niños entre ellos, gente del montón, pobres de por siempre, peones de las desgracias, que no saben  cuándo tendrán un hogar donde volver, una madre que los cuide.

cn  6/02/10

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